Quien alguna vez haya intentado publicar un libro, sabrá que los caminos tradicionales son pocos y que todos pasan por las editoriales, quienes deben decidir el futuro de una obra considerando las probabilidades de que tenga buena acogida del público, la posible continuidad/prolificidad del autor, etc.
Y sabrá también que conseguir que hagan esa apuesta por un escritor que nunca ha publicado nada suele ser difícil. El camino suele ser entonces autopublicar: hacer una vaca entre los amigos y mandar a imprimir doscientas copias para repartirlas después en bares y cafés con la esperanza puesta en que los pocos que
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