La sobrevivencia de nuestros 33 mineros 700 metros bajo
tierra está haciendo historia. La prensa mundial se mantiene atenta a los
pormenores de lo que ocurre en la mina San José y el alma de nuestra gente
vibra con cada nueva noticia. La mediatización exagerada, sensiblera y
oportunista a que ha sido expuesta esta tragedia en nada desmiente su verdadero
valor humano: tenemos una historia conocida, expuesta a la vista de todos, en
tiempo real, que de algún modo pone sobre la mesa otras cientos de miles de
historias similares, donde otros hombres en otras épocas (algunas recientes)
sucumbieron a la ineptitud y el egoísmo de empresarios, ejecutivos, jefes y autoridades
inescrupulosos. Yo no puedo dejar de pensar en los jóvenes estúpida e innecesariamente
sacrificados en Antuco, o en los civiles baleados por carabineros en la micro
en que se refugiaron unos asaltantes, allá por 1995, o en las víctimas de ese
puente que se cayó en el Sur, hace ya años, o en Andrés Pérez,
muerto en el hospital San José fruto de una instalación mal realizada, o en los muertos del maremoto, la mayoría de los cuales estaría vivo si los responsables de las emergencias hubieran tenido idea de cómo hacer su trabajo. Siempre es lo
mismo: alguien le otorga poca importancia a las vidas de otras personas y toma
negligente o premeditadamente decisiones que las ponen en riesgo.
Pero a estos casos, que han causado conmoción pública, se opone en contraste la enorme multitud de muertes que le cuestan a nuestro país las mismas negligencias cuando nadie está mirando. Los miles de muertos anónimos mal atendidos por un sistema de salud pública deficiente y con pocos recursos. Los indigentes congelados en plena calle en las noches más crudas del invierno. Los niños que sin morir del todo aprenden a vivir con el alma quemada por el dolor de la prostitución, la droga o el maltrato, porque sus familias y el Estado juzgan innecesario protegerlos, o lo que es igual, porque las autoridades públicas a cargo acuden en su ayuda tarde o sin eficacia. Los miles de ancianos desesperados y desprotegidos por una sociedad que los ignora y los confina en espera de una muerte miserable, más por mera indiferencia que por una decisión económica o política. Los habitantes aterrorizados de los barrios pobres donde impera la ley del narcotráfico, cuyas bandas armadas intercambian tiros de tanto en tanto para resolver conflictos de poder, asesinando al paso a los testigos incautos que tengan la suerte de estar allí para poner sus cuerpos en la trayectoria de las balas equivocadas. En fin, lo cientos de miles de chilenos que aún viven bajo la línea de pobreza, para quienes las expectativas son tan pobres como sus vidas, porque la educación a la que tienen acceso y el ecosistema social en que están inmersos sólo tiene para ellos un único mensaje: ésta es tu vida, más te vale soportarla.
Para mí no son distintos unos de otros. Los 33 mineros estoicos que tienen que trabajar para salvarse a sí mismos con la ayuda millonaria de los equipos de rescate simbolizan esas otras historias ocultas que cada uno de nosotros se encuentra a diario, acá o allá, algunos en un familiar cercano, otros en carne propia, otros (los afortunados) de oídas, en boca de algún conocido.
Creo que es preciso aprovechar ese símbolo encarnado en seres humanos vivos. Darle fuerza, propagarlo, sacarle filo. Pero no sólo como el símbolo de la desesperación, sino también como el de la solidaridad y la compasión que nos debemos unos a otros.
Nuestra historia puede y debe cambiar a partir de esta experiencia. Si sobre el jolgorio hueco del bicentenario fuéramos capaces de construir una interpretación de la patria que no tenga que ver con el territorio, sino con su gente. Si entendiéramos que nos debemos al cuidado de los 16 ó 17 millones que viven aquí (sean o no oficialmente chilenos). Si acudiéramos con el mismo entusiasmo en rescate de los desesperados que con nuestra ayuda podrían tener una posibilidad de recobrar sus vidas, de continuarlas y de mejorarlas. Si todo eso pasara, le otorgaríamos a la nación un sentido nuevo, lleno de futuro, hinchado de ambición: la hermosa ambición de que nuestros hijos, en un futuro no muy lejano, puedan vivir felices, en la confianza de pertenecer a un tejido social donde cada vida es preciosa y sagrada.












buenísimo lo que has escrito Juan Pablo, es un orgullo conocerte.
Que Dios te siga iluminando y guiando en BLIGO.Te mando las mas ricas BENDICIONES!!!