Hemos discutido incansablemente en Gulliver y con algunos amigos cómo el humor juega (o puede jugar) un papel central en comunicar efectivamente mensajes virales. Después de todo, parece ser cierto que el humor es una forma de tomar distancia. La risa ayuda a desacralizar las implicaciones morales, los principios y las mútiples fórmulas con que el buen gusto pretende mitigar el dolor de lo cotidiano, especialmente cuando lo cotidiano es absurdo y terrible. La risa sacude el suelo seguro de los tontos sagrados y pone a correr a los sumos sacerdotes. El humor democratiza porque otorga poder a los muchos que tienen el arte de saber reírse. El humor extiende la risa más allá de la inmediatez, porque un buen chiste siempre es un buen regalo, y porque reírnos juntos de nuestras desgracias es una forma de conjurarlas.
Como todo, claro, no siempre, no para todo, pero el humor puede ser un instrumento político, social, cultural, económico.
Acá, un ejemplo (que conocí gracias a un post de Juan Pablo): la campaña que algunos detractores montaron contra Botnia, la empresa papelera finesa que instaló una planta sobre el río Uruguay, justo en la frontera entre el país homónimo y Argentina. No es un caso del "tipo Web 2.0", en el sentido de que no permite participar, no articula la conversación ni permite que los miles de ciudadanos descontentos digan algo... pero sí permite leerlo, reenviarlo, mostrarlo a otros. Y eso ya puede ser bastante.













La risa ayuda a mantenernos sanos. La gente que no se ríe es sospechosa del pecado capital de la infelicidad... que tan contagioso y peligroso suele ser.
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Pedro