Estamos dormidos.
Somos como esos enfermos incipientes de diabetes, que no tienen síntomas y que en el fondo no le creen al médico que les prescribe cambios relevantes en sus vidas. Estropeamos nuestras posibilidades de tener un futuro sin darnos cuenta.
Cuando los esfuerzos de gente como Al Gore o James Lovelock nos tocan y vemos consternados los horrores del calentamiento global en un buen documental o en un artículo, nos convencemos por unos momentos de que es necesario hacer algo, pero ¿hacer qué?. La inercia del anonimato es, para la mayoría de nosotros, una especie de anestésico. Alguien hará algo. No yo, que por lo demás no soy experto en clima.
Al fin y al cabo, salimos a trabajar todos los días, vamos de compras, nos reunimos con nuestros amigos, y nadie parece preocupado. Somos animales sociales, así que el susto colectivo nos asusta en serio, mientras que la pasividad o la indolencia colectivas nos tranquilizan y nos vuelven indolentes.
Y así pasan los años. Vivimos en la ilusión de que el mundo sigue estable, y que esas décimas adicionales en la temperatura del planeta no son realmente significativas para nuestras propias vidas. Hará más calor, pensamos, pero nos acostumbraremos. Después de todo, somos una especie superexitosa que ha sobrevivido a tantas cosas…
Pero ahí está el problema. Esa ilusión es un autoengaño. En la historia de la Tierra no somos nada. Tenemos memoria histórica desde hace unos 4.000 años. Los primeros fósiles del Homo Sapiens datan de unos 200.000. Pero sucede que la vida en nuestro planeta tiene más de 3 mil millones de años. De hecho, aunque no nos parezca, el estado más habitual del clima en nuestro planeta es glaciar. Nosotros aparecimos en un período “raro”, entre glaciaciones. La próxima iba camino a ser en unos 10.000 años más. “Iba camino a ser”, porque ésa era la tendencia antes de nuestra Revolución Industrial, que alteró todo.
La temperatura del planeta tiene una fuerte correlación con el dióxido de carbono presente en la atmósfera. Cuanto más dióxido de carbono, más alta la temperatura. Y justamente lo que hemos hecho durante los últimos dos siglos ha sido incrementar por una parte las emisiones de dióxido de carbono, quemando combustibles fósiles (petróleo, carbón, etc…) y eliminando por otra grandes extensiones de bosques que consumían el dióxido de carbono y liberaban oxígeno.
Lo interesante es que según los expertos estamos al borde de un punto de no retorno. Es decir, de un nivel de dióxido de carbono en la atmósfera que desencadenará un cambio dramático en el clima del planeta, sin importar lo que hagamos entonces. Peor aún, parece ser que ya ni siquiera está tan claro qué pasaría si dejáramos HOY de producir dióxido de carbono (o metano, que es otro químico que le agregamos a la atmósfera en forma importante).
Acabo de leer La Venganza de la Tierra, que es la traducción española del libro “The Revenge of Gaia: Why the Earth is Fighting Back - and How we Can Still Save Humanity”, de James Lovelock. Para quiénes no sepan quién es el autor, aquí está su biografía en Wikipedia (en inglés). Ee trata de un prestigioso científico ambientalista que ha venido estudiando los ecosistemas de nuestro planeta desde hace décadas, y que ha formulado la Teoría Gaia, en virtud de la cual el conjunto de ecosistemas de la Tierra se comportan como un sistema vivo que se autorregula.
Según Lovelock, y en forma coincidente con documentales y artículos sobre el tema que comienzan a abundar, a menos que hagamos algo vamos camino hacia un cambio dramático en el clima del planeta, que si no nos hace desaparecer como especie sí al menos destruirá nuestra civilización. Dicho proceso de transformación se volvería irreversible según Lovelock a partir aproximadamente del año 2050, cuando las partículas de dióxido de carbono en la atmósfera alcancen un nivel en torno a los 500 PPM, equivalente al que hubo hace 55 millones de años cuando efectivamente sobrevino una glaciación.
Es justo decir que la lectura del libro de Lovelock me ha cambiado la vida. No me parece aceptable que nuestra generación le entregue de nuestros hijos y nietos un planeta al borde de la aniquilación. De no mediar cambios importantes en nuestra forma de explotar la tierra y producir energía, nosotros aún estaremos vivos para presenciar parte de la tragedia. Los niños de hoy y los que aún no nacen no tienen forma de hacerse cargo de lo que vendrá si nosotros no lo hacemos ahora que aún es tiempo.
Dicho esto, he decidido dedicarle los próximos años de mi vida a este tema. Siendo aún un neófito, me espera un período de estudio y de mapeo de cómo y con quiénes hacer mi contribución a la causa de sostener el futuro de nuestra especie. Por lo pronto, este blog se transformará en la bitácora de esa exploración. Bienvenidos los que quieran participar de la conversación.













Es curioso. Lovelock recomienda la lectura de esa novela en su libro. Y cuando cita a Crichton lo hace para pegarle un tirón de orejas, a él y a los narradores (escritores y cineastas) en general, convocándolos a hacerse responsables del enorme poder que tienen sobre la opinión pública.
Voy a leer la novela para hacerme una mejor idea.
Gracias por tu comentario.
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Pedro