Soy de esa gente que encuentra a menudo su segunda patria, una y otra vez, como esos viejos verdes enamoradizos que se juran a sí mismos que ésta vez sí que la señorita de pantorillas largas que no pueden dejar de mirar está por convertirse en el amor de sus vidas. Me pasa a menudo, como una pulsión irrefrenable, eso de encantarme con una ciudad, descubrir de a poco sus recovecos, sus ondulaciones, sus pálpitos. Andar un par de cuadras tratando de imaginarme la cotidianidad, la sensación que experimentan los que amanecen allí cada mañana, los que andan los mismos pasos para ir al trabajo o para hacer las compras.
De tanto ir a Costa Rica, alguna vez creí aclimatarme a la tímida efervescencia de su capital, a sus lluvias programadas, a su humedad licenciosa. Llegar a San José ha sido por años para mí como llegar a casa, a desandar la carretera que me llevó al aeropuerto para llegar al hotel desde donde salí por última vez.
Ginebra fue en cambio mi primer encuentro con eso que llaman el desarrollo. Las callejuelas estrechas de aquel lugar sindicado por Borges como la ciudad más propicia para la felicidad definieron para mí lo que en adelante sería una nueva forma de nostalgia y de anhelo. Londres, en cambio, hubiera llegado a desagradarme de no ser porque durante mi única estadía me acompañaban dos amigos entrañables hasta la borrachera o hasta las lágrimas. Y sin embargo, he sentido una y otra vez ganas de volver, porque presiento que en el día a día su tráfago debe tener el sabor dulzón de toda vieja capital imperial, con los monumentos y palacios intactos de una grandeza venida a menos, con el aire de superioridad de sus pobres y la incierta elegancia de sus ricos, con el ritmo incansable de sus espectáculos y el contrapunto rockero de los extranjeros que se han tomado las calles por asalto.
No quiero nombrarlas todas, porque cada ciudad ha terminado siendo algo así como un amor perdido. Mis fotos atesoradas de ellas, como de novias adolescentes, de vez en cuando se despliegan en mi pantalla como conjuros contra el cansancio o la desidia. Me sirven para no perder el hilo de mi vida en cuanto ciudadano del mundo, para combatir el tedio ocasional y la ceguera.
Pero ahora estoy en Panamá y me pasa una cosa diferente. A fuerza de volver por cuarta vez comienzo a sentir esa especie de afecto que se siente por la casa de un pariente lejano en cuyos pasillos se jugó de niño. O más bien, el que inspira una casa antigua cuando se la conoce poblada por moradores jóvenes en quienes se intuye la sangre y las prácticas que sus ancestros dejaron grabados sutilmente en los muros o en las puertas. El Casco Viejo de Ciudad de Panamá recuerda al de Cartagena de Indias, pero un cierto abandono le conceden la dignidad de una patria romana donde la gente común se codea con memorias vívidas enclaustradas en la arquitectura que hombres ya sepultos y olvidados fraguaron para legarlas a la nada, y que han terminado por ser propiedad de un pueblo que las disfruta sin verlas.
Eso y el contraste mágico con el entorno natural y con esa leyenda casi mitológica que rodea a la construcción del canal, con sus muertos, con sus enfermedades terribles, con su sabor a gesta épica y con la genialidad de una ingeniería que todavía hoy asombra a un lego como yo, hacen de esta ciudad una experiencia bella entre las bellas.
Ayer nomás visitamos el Canal con Manuel y con Felipe. Ayer nomás el calor nos acorralaba mientras sentíamos, al menos los chilenos, el asombro casi infantil de ver en funcionamiento el mecanismo hermoso e implacable de las exclusas, con su pausada trifulca de barcos pesados y turistas sudorosos.
Nos esperan paseos que completarán el cuadro con imágenes inenarrables, y que terminarán por sumarnos a la multitud de los viajeros que pasaron por aquí alguna vez, con el alma carcomida por el asombro, el amor o la ambición, y que agobiados por la naturaleza desbordante no podrán olvidar, como nosotros, el agradable carácter de su gente.
Pienso en esos millones de viajeros con quienes nos unirá aquel vínculo y me felicito de estar encontrando la forma de contribuir con un granito de arena a la construcción de este país tan bello.














No tengo palabras para expresarte las gracias por tan lindas palabras acerca de mi Patria. Gracias otra vez y te invito a que continues en la aventura que es ser panameño.
bob alonso
arT & archiTecture
...por la hospitalidad que he disfrutado en Panamá cada vez que he estado allá.
Un abrazo.
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Pedro