Decir que estamos viviendo una época de cambios se ha vuelto un lugar demasiado común como para que resulte atractivo comenzar diciendo solamente eso. Pero pocos rasgos retratan mejor nuestra época que justamente las transformaciones profundas que se vienen sucediendo una tras otra y que resultan de un puñado de fenómenos más o menos acotado que algunos abarcan en un solo término: la globalización.
Pero de esos rasgos, hay uno –que es el que aquí nos ocupa- sobre el cual, aún a pesar de que existe una creciente bibliografía, no se ha discutido lo suficiente. Se trata del fenómeno que Chris Anderson etiquetó como el "Long Tail" y sobre el cual escribió uno de los artículos más leídos de la Web y más tarde un libro.
Juan Carlos Lucas hizo una reseña muy buena del libro en el Club de Lectura, a partir de la cual –creo yo- es posible hacerse una idea sobre qué es lo que caracteriza la famosa cola larga. Si no saben aún de qué estamos hablando, les recomiendo que lean esa reseña antes de seguir leyendo este artículo.
Y sobre el libro lo único que yo puedo decir es que estoy completamente de acuerdo con el análisis económico de Anderson. Mi única crítica es que el fenómeno es mucho más amplio y más profundo de lo que parece desprenderse de aquella obra fundacional.
Resumidamente, el long tail describe la forma en que los mercados se han ido modificando para atender las necesidades especializadas de los consumidores que demandan productos y servicios "raros" o poco populares. Las viejas restricciones físicas y logísticas de los mercados de bienes (que en muchos sectores de bienes físicos seguirán subsistiendo) tienden a desaparecer conforme los productos o servicios son más digitalizables. Así, por ejemplo, la música, que se ha divorciado por completo de los soportes físicos, constituyen un mercado donde jugadores como Rhapsody pueden disponer de catálogos prácticamente ilimitados de temas, de forma tal que incluso una pieza musical de un grupo desconocido que será demandado sólo por los amigos del vocalista puede estar en el listado y ser transado sin que ello represente mayores costos para la compañía que lo distribuye en forma de archivo electrónico. Otro tanto ocurre con Amazon y la distribución de libros, que aunque son bienes físicos son asibles desde el punto de vista digital (no necesitas tocar un libro para saber que es el que quiere comprar) y pueden ser vendidos a través de catálogos casi infinitos sin necesidad de grandes costos de stock, en la medida en que pueden ser fabricados a demanda casi uno por uno o bien puestos en el catálogo a pesar de no estar físicamente en poder de la empresa, sino de otros oferentes interesados en usar el canal.
¿Cuál es el resultado? Pues que no importa lo raro que sea un consumidor (raro en el sentido de tener gustos que no tienen alta frecuencia estadística) o lo inusuales que sean sus gustos, en estos sectores siempre puede encontrar el producto o servicio que necesita.
Las fuerzas detonadoras de este fenómeno son la democratización de las herramientas de producción (por ejemplo, hoy por US$ 1.000 puede usted equiparse para hacer una buena película); la democratización de las herramientas de distribución (si quiere publicar un libro ya no tiene que pasar por el filtro de un editor, simplemente publíquelo en Lulu.com y ellos lo imprimirán uno por uno para los clientes que quieran comprarlo); y la mayor conexión entre oferta y demanda (los clientes raros encuentran sus productos favoritos, los productores raros encuentran su mercado).
Lo interesante es que estas mismas fuerzas democratizadoras están impactando violentamente otros muchos aspectos de la vida social, política, cultural y económica en forma global. Facebook es la manifestación más flagrante, porque obedece a una serie de colas largas:
La cola larga de las aplicaciones. La variedad de aplicaciones distintas es tan grande, que para cualquier tipo de intereses hay alguna que permite "jugar" en Facebook.
La cola larga de los clientes: hay tantas personas registradas que para cualquier producto os servicio, para cualquier aplicación, para cualquier "juego", hay un grupo de usuarios interesados lo suficientemente grande como para, por lo menos, tener feedback de si el producto sirve o no.
La cola larga de las relaciones: no importa cuáles sean mis intereses, siempre hay alguien en Facebook con quien puedo conversar sobre ellos.
La vieja profecía postmoderna del ocaso de las grandes causas es otra de las formas de decir "cola larga" en el mundo de las ideas políticas. El partido político que representa a millones de ciudadanos tras una misma concepción de sociedad ha ido perdiendo fuerza (y los políticos, por ingenuidad o estupidez, se preguntan en voz alta por qué los jóvenes muestran desinterés en ellos) precisamente porque era un sucedáneo a la conversación n-dimensional –antes imposible- donde cada ciudadano toma posición frente a diferentes temas, sin actuar necesariamente en bloque. En el pasado reciente, si eras socialista tenías que estar de acuerdo con que el estado controlara todas las empresas y proveyera todos los productos y servicios; tenías que estar de acuerdo con que la propiedad privada no era una solución para producir; tenías que estar de acuerdo en que el mercado no servía para distribuir en forma justa los bienes y servicios entre los ciudadanos. No podías suscribir sólo algunas de estas ideas; las suscribías todas o no formabas parte. Ahora, si eras más moderado, buscabas un partido que abogara por formas de propiedad mixtas de los medios de producción, pero en ese caso tenías que suscribir un único modelo de sociedad que todo el partido iba a defender en forma monolítica. En los sectores liberales pasaba exactamente lo mismo. En Chile, aún hoy, si eres simpatizante de la derecha, tienes que estar a favor de liberalizar la economía todo lo posible, restringir las regulaciones e intervenciones del del estado todo lo posible, condenar el aborto, defender a la Iglesia Católica, defender la educación y la salud privadas y asumir que la lucha contra la delincuencia debe ser una de las primeras prioridades de la agenda pública.
Pero el espectro derecha-izquierda que tanto servía para mapear el mundo durante la guerra Fría está cada vez más obsoleto: ahora puedes tener una posición frente al aborto, otra frente al control de los servicios públicos, otra frente a cómo debe manejarse el presupuesto de tu municipio, otra sobre cuál es la mejor opción energética para tu país, otra sobre cómo haremos para enfrentar el calentamiento global y otra sobre la delincuencia. Y así,
miles de preguntas frente a las cuales un ciudadano participativo y bien informado tiene que manifestarse. Y no estarás de acuerdo con ningún partido. El resultado es que no existe una agrupación única que represente todos estos intereses, y por lo demás, en la medida en que la conversación n-dimensional puede virtualizarse y ocurrir, tampoco parece tan necesario.
Claro, está la cuestión del poder. Sólo puede haber un presidente. ¿Votamos por el que coincide con nosotros en el plano ecológico, o por el que comparte nuestra visión sobre la educación? No hay respuestas fáciles, pero una sociedad organizada en serio para dar cabida al a pluralidad de respuestas posibles debería permitir que su administración fuese no la que se compromete con una solución determinada, sino la que obedece a las prioridades más importantes para sus ciudadanos y es lo suficientemente flexible para reaccionar a las peticiones, siempre dinámicas, de sus ciudadanos.
El tiempo de las mayorías se acabó. En adelante, y cada vez más, sólo habrá minorías.
Más información:
Para una crítica descarnada de "La Economía del Long Tail", de Chris Anderson, ver este artículo de Marcos Ros-Martín.
Para una discusión sobre la transitoriedad de la Cola Larga, ver este artículo de Jordi Sabate.
Un artículo que profundiza en los conceptos del libro de Chris Anderson es éste, publicado en El Diablo en los Detalles.














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